Letra de mujer

 

Escribía con golpes certeros.  La fuerza del metal contra la goma del rodillo y el estremecimiento sonoro del papel.  Las letras de mi abuela dejaban marca que se sentía al acariciar el reverso de la hoja.  No tenía gato como otros escritores, era yo la que me acurrucaba entre sus piernas debajo de la mesa.  Un rayo de sol caía sobre mi hoja y yo escribía también, a mano, garabatos que querían ser literatura con el ritmo de golpeteo de la palabra impresa.

Ella tenía el desapego de los grandes con su obra.  Escondía sus publicaciones, no les daba ninguna importancia.  Pero yo conocía el peso de su palabra.  Mi abuela hablaba con voz suave y el mundo entero callaba para escucharla.

Todos la admiraban con razón.  Era aguda, lectora voraz, inteligentísima, políglota.  Una mujer que escribía con pseudónimo y sabía de política, de arte, de economía, de literatura y de la vida. Una mujer inmortal que dejó de tipear cuando yo tenía trece años, pero nunca dejó de vivir en mí.

Décadas más tarde, en una tienda de antigüedades, me encontré con la revista para la que trabajaba mi abuela.  Busqué y encontré su pseudónimo en lo alto de un artículo.  Leí con avidez primero, luego con resignación.  La letra impresa de mi abuela hablaba de "sociales",  alguien se había comprometido con alguien en una casa en Barrio Norte. 

Se me vino el mundo abajo.  Esa no era la voz de mi abuela.  Esa no era la voz que yo buscaba como narradora.  Esa no era la mujer que me había despertado el amor al papel y a la tinta.  Esa era la voz de las mujeres que despreciaba.  No era ella.  No estaba por ningún lado.  No era la activista que leía a Simone de Beauvoir y se reía irónica por lo bajo de Henry Miller.  No era la admiradora de Mujica Lainez.  Era una señora burguesa de estirpe hablando de otras señoritas burguesas de estirpe.  Compré la revista.  La guardé en un folio de plástico para tenerla pero no leerla nunca más.  Mujeres como ella no hicieron oir su verdadera voz.  No en público.  No en un público inmenso.  No las dejaron.  En cambio, las colocaron en espacios útiles para quién sabe quién.  Trabajaron y abrieron puertas, pero dejaron mucho de su esencia invisible.

Tengo la máquina de escribir de mi abuela en la mesa de luz.  Es la luz que irradia sobre mí cada vez que escribo.  Una de tantas voces que soplan en el viento sobre las mujeres que hoy podemos hablar.  Las marcas en el papel de la máquina de escribir dejaron surcos labrados. Camino esos senderos. No estoy sola.

Ana Cejas