Sanar el Corazón.  Un cuento

 

Aprendí joven que no hay peor enfermedad que el mal de amores.  Tenía ocho años cuando esta peste horrible me arrebató a mi madre.  La contrajo el día que mi padre se fue con algo de ropa y algunas joyas.  Poco recuerdo de él porque mis abuelos se ocuparon de quemar cada rastro de su vida como se queman las hojas en otoño.  Mi madre tuvo en sus papeles un conveniente sello de viudez que evitó escándalos a mis abuelos y a mí.  Digo a mis abuelos y a mí porque a mi madre no le hubiera importado el escándalo.  

Era mujer de perfumes y flores en el pelo.  No era hermosa del todo pero tenía un angel casi visible con ella.  Era jilguero de mañana y gato de noche.  Irradiaba alegría  a donde iba.  Con recuerdos transformados por mi adultez la recuerdo colorida, intensa, sexual.  Todo eso antes de que el mal de amores la dejara muda, muerta en vida y luego muerta del todo.

 Alguien me dijo que vieron a mi padre en Florencia, paseando por Ponte Vecchio, seduciendo a las mujeres que admiran las obras de los mejores orfebres del mundo.  Sólo me intriga saber cómo habrán tratado los años al bon vivant que, se rumorea, fue.

Para sacar a mi madre de su desolación me convertí en payaso.  Muescas, piruetas, disfraces, peinados, ruidos que pretendían ser música…todo un arsenal para llenar el vacío que se respiraba cerca de su mecedora.  Quería devolverle la capacidad de disfrute, obligarla a olvidar.  Nada funcionó.  En su entierro, arrancados de mi cuerpo los harapos colorinches, el primer día de mi década vestida de negro, comprendí que para seguir hay que recordar.  Para disfrutar hay que habitar cada escena de alegría que en el abandono se transforma en suplicio, moverse en ella, olerla, pisarla, tocarla y llorarla.  Aprendí a vivir sin mi madre recordando el gato y el jilguero hasta que un día, ya no dolió tanto.

La vida no me ha tratado tan mal después de eso.  He tenido estudios, placeres y amores en su justa medida.  Puede ser que la muerte de mi madre se relacione en algo con el hecho de que no me he casado, porque las promesas de amor me recuerdan a mis pasos de saltimbanqui: coloridas, pero sin verdad.

Crecimos juntas con Clarisa.  A dos cuadras de distancia.  Creo que en algún momento fuimos compañeras de banco en el colegio, pero pronto ella ganó becas y premios y se alejó del barrio.  La perdí de vista hasta que supe que estaba muda y el morbo me llevó a la casa de su madre.  Ser mujer, inteligente, consecuente, soltera y, de pronto,  engañada, abandonada y deprimida era un chisme demasiado jugoso como para perdérselo.  Clarisa la brillante, la única que había alzado el pescuezo para competir y ganar en un mundo de hombres, devastada.  Tenía que verlo.  

Había querido ser como ella, tan leída, tan valiente, tan bella.  Quería ahora ver la espantosa profecía cumplida: “no te atrevas a superarlos o quedarás para vestir santos”.  Clarisa había sido derrotada por un insignificante con ínfulas, ella era Sansona y el, Dalilo.  Yo quería conformarme con mi mediocridad, un espacio de revolución moderada que me tenía sin compromisos, sin laureles, pero con salud mental.  Iba a verla para asegurarme de que, al fin y al cabo, yo era más inteligente.

En esos pensamientos mezquinos estaba cuando llegué a la sala.  Su madre Evangelina estaba vestida de luto y Clarisa, sentada en una silla de madera antigua frágil como ella, llevaba saco y medias de lana.  Se la veía helada del susto.  Sus ojos me recordaban a los de una muñeca, vidriosos, vacíos, silenciosos, perdidos en la nada misma: los ojos de mi madre.   Evangelina había envejecido diez años en los últimos meses.  Seguramente se sentía muy sola porque me abrió su corazón sin preámbulos.  Hablaba como si Clarisa, la brillante, no estuviera presente.  Y no lo estaba.  Me hablaba de cómo todo lo había intentado para que su hija olvidara a ese bueno para nada.  Me decía que los viajes, las comidas, las molestias, las cosquillas, los médicos y las visitas nada habían logrado por traerla de regreso del país de las sombras.  Yo casi no la escuchaba, porque esperaba el crujido de la silla de Clarisa para dar cuenta de algún movimiento, algún reflejo, algo que dijera su madre que la hiciera mover un músculo.  Pero nada.

Clarisa no lloraba.  Clarisa no reía.  Clarisa había perdido el brillo socarrón de las personas inteligentes.  Clarisa no era amenaza.  Y a mí se me estrujó el alma de pena antigua  al saber que Evangelina caminaba los caminos que tantas veces recorrimos con mis abuelos para salvar a mi madre.  Senderos sin destino cierto.  Pruebas que, yo sabía, fallarían.

-¿Puedo conversar a solas con ella?

Creo que Evangelina había olvidado que dentro de la carcasa inmóvil en la silla frágil había una criatura con la que se podía conversar, o quizás tenía alguna indicación que dar a la cocinera, porque se levantó con delicadeza de la poltrona de terciopelo verde, me acarició la mano con un gesto de agradecimiento y me quedé sola en la sala con Clarisa, la brillante.

-¿Me recuerdas Clarisa?  Yo era la que siempre quiso ser como tu.  Seguramente no me recuerdas, porque estabas tan ocupada convirtiéndote en todo lo que yo quería hacer pero no me animaba.  Siempre fuiste valiente.  

No esperaba que Clarisa me responda, pero hablarle, verla por la mujer que era y no por mi ideal, era un bálsamo para mí.  De alguna manera podía llegar a ella, darle una mano.  Al verla tan vulnerable, me di cuenta de que yo también podía llegar a ser esa mujer independiente, inteligente, brillante.  Intentaría recorrer el camino.

Entonces, lancé el primer dardo.

-Extraordinariamente buenmozo y seductor, sin dudas.  El resto lo podemos dejar a discusión, me vas a tener que convencer.

Y agregué, en voz pausada

-¿Cómo se llama?  Algo con hache…Héctor, Hipólito, dímelo por favor, Humberto, Horacio…

Con el Horacio rechinó la silla.  Entonces supe que todavía se la podía recuperar.  

Cuando volvió su madre, en un rapto de charlatanería le dije que podía curar a su hija del mal de amor.  En realidad, yo sabía todo lo que NO funcionaría.  No tenía nada que perder, la pobre no podía estar peor y yo estaba hastiada de las tareas inherentes a mi sexo.  Era una aventura, una bocanada de aire fresco.   Probaría hacerla recordar en lugar de olvidar, integrar en vez de aniquilar.  La pobre Evangelina aceptó como resignada mi sugerencia.  Ella tampoco tenía nada que perder.  

A la mañana siguiente me presenté en la misma sala cargada con libros que llenaran de historias los silencios.  Shakespeare, Rubén Darío, Amado Nervo; cuanto más romántico y trágico, mejor.  Por semanas leí,  recité, lloré y grité, entregado mi ser a las historias, moldeándolas con mi voz, con mi cuerpo, con mi corazón.  En esos días las criadas que se acercaban a la sala debieron recibir una reprimenda por dejar sus huellas en chorros de lágrimas.

-Clarisa, si no me resulta esto de andar curando tu mal de amores, juntaremos toda la sal que las lágrimas dejan tirada por ahí para que las vendamos como elixires a los gringos.  No seremos felices, pero sí ricas.

Clarisa se movía a veces, apenas, de forma tan imperceptible que solo podían dar cuenta de sus cambios las arrugas de los pliegues de su saco de lana.

Era buena escuchadora esta Clarisa, la brillante.  Y como estaba segura de que mis secretos estarían bien guardados con ella, un día la empujé al parque con una canasta con frutas, pan, queso y té, para contarle una historia de amor, esta vez propia.  

Por más bien parada que esté una, cuesta eso de hacer contacto directo con algo que antes fue herida.  Me hice la distraída mientras ponía el mantel a cuadros, las tazas delicadamente envueltas en sus respectivas servilletas, qué hubiera sido de mi vida si le hubiera dicho que si, el pan sobre la tabla de madera, seguro que él hubiera huido igual, la frutera con la campana para evitar las moscas, dónde está la campana?

-A él le gustaban las uvas.-  Dijo la muda. Y se sirvió un racimo.

¿De dónde salió eso?  Por Dios, actúa normal, no muestres mucho entusiasmo, respira, respira, ahora responde.

-Qué lindo comer uvas en la cama, ¿no?

-Si.  Esos juegos…

Y Clarisa habló.  Habló hasta que la voz se le venció por el cansancio.  Habló días y días recorriendo cada detalle.  Lloró mares, sollozó como una niña y gritó como una hembra.  Y se enojó, se enojó, se enojó.

-El muy hijo de puta.  Quiero que pague por lo que hizo.  Tengo que encontrarlo para que me mire a los ojos y yo vea pupilas hediondas de anfibio.

-Lo encontraremos.

Ese día, por primera vez en meses, Clarisa permitió que deshicieran la trenza asquerosa que llevaba en la cabeza y le lavaran el pelo.  

Parte integral del tratamiento del mal de amores se da en el proceso de verse de nuevo espléndida para que, en el caso de volverse a cruzar, el canalla se muerda de furia de ver lo que se perdió.  Clarisa comía, se arreglaba, se peinaba y caminaba, todo para él.  

Una y mil veces hablamos de cada momento vivido.  A fuerza de repetición los relatos empezaron a perder la gracia, dejaron de ser apasionantes, perdieron el magnetismo.  Como un mago de chistera gastada, cada recuerdo comenzó a oler a rancio.

Me aburrí de tanta cháchara.  Empecemos a planear la gira de venganza.

La idea era recorrer el mundo en busca de Horacio, no nos poníamos de acuerdo si para reprocharle o para despreciarlo.  Teníamos mapas, folletos turísticos, recomendaciones y advertencias.  Los días se pasaban coloridos de preparativos y ya casi no se hablaba de otra cosa.

Una tarde paseábamos por la avenida principal cuando en una vidriera vimos el conjunto de falda y saco más delicado, de un atrevido color púrpura, hecho de lana con detalles de seda, perfecto para una mujer perfecta.

- Búsqueda concluida Clarisa.  Este es el conjunto que debes usar el día que te encuentres con Horacio.

- Lo vi ayer.  Bonito como siempre, seductor como nunca.

- ¿Cómo fue?

- Vino al balcón, como siempre, y me tocó la ventana.

- ¿Y?

- Nada

- ¿Qué sentiste?

- Nada

- No vamos a recobrar la cordura justo ahora, por favor, con tanto viaje sanador por delante.

- Nos vamos igual.  Salimos la semana que viene.

A hacer los preparativos, entonces, de un viaje que promete sorpresas.  Clarisa se va con una valija liviana de ilusiones y vida nueva.  Yo la acompaño con un paquete especial, algo que debo dejar entre las joyerías de Ponte Vecchio.

 

 

Ana Cejas