Consultas Individuales

 

Mi trabajo consiste en acompañar a las mujeres a encontrar la llama divina que habita

en su alma. A través de 5000 años de patriarcado, la humanidad entera

(hombres y mujeres) ha hecho un esfuerzo desproporcionado por bloquear la energía

de lo femenino sagrado. Se nos ha criticado diciendo que somos inconstantes,

ciclotímicas, se nos ha mellado colgándonos carteles para adecuarnos a una forma

lineal de pensamiento que nunca nos fue propia: la madre, la virgen, la puta, la bruja,

etiquetas en la frente que nos encarcelaron. Se nos criticó en esencia, y fuimos declaradas

culpables por definición: por ser mujeres. Las mujeres somos cíclicas, a veces madres

encantadoras, a veces seductoras misteriosas, a veces mano de hada en el bordado y

otras manos de bruja en el caldero. Tenemos espacios de luces y sombras, somos

seres incomprensibles si se nos mira en todos nuestros roles. Esa es la fuerza sagrada

que vive enjaulada y se manifiesta desordenada a pesar de nosotras. Nadie nos enseña

a manejar estas fuerzas tan disímiles. Nadie nos permite explorarlas. 

Y las mujeres somos sobrevivientes.

Seguimos con fuerza de hembra y sin carnet para conducir nuestro propio ser. Después de tantos años, generaciones encorsetadas y hogueras pavorosas, unas tímidas mujeres se atrevieron a pedir un derecho que hoy consideramos básico:el voto. Se las llamó antinaturales, se lasinsultó,se dijo que eran poco mujeres,se las encarceló y, finalmente, se les concedió lo que pedían.Luego sus hijas tuvieron el mal tino de querer estudiar, además de votar,y lo mismo ocurrió, y las mujeres fuimos más fuertes. Dimos vuelta la cara unas a otras entre las que elegían quedarse en casa y de pronto los bordados y la cocina fueron despreciados por las mismas hijas de las bordadoras y de las cocineras; nos olvidamos de nuestra esencia en la rebeldía adolescente y nos creímos iguales que los hombres. Pero no lo somos. Somos vida, somos inteligentes, brillantes, intuitivas, lindas, madres perfectas y cocineras excelsas y se nos llenó la agenda y perdimos la receptividad. Entonces nos sentimos solas, incomprendidas, vacías. Mi camino acompañando mujeres y hombres bajo el sello de lo femenino sagrado es juntar los huesos de todas ellas que viven en nuestra psique: la madre, la encorsetada, la niña trepada al árbol, la bruja, la femme fatale, la esposa fiel, la curandera, la vieja y la espléndida para poder dar a luz a la persona que estamos llamadas a ser. Individuales, diferentes, poderosas y, sobre todo, sabias.

Para juntar esos huesos desperdigados, como en el relato de “Mujeres que corren con los lobos”,

me valgo de herramientas profundamente femeninas: las esencias florales,

que equilibran y fortalecen las decisiones de cambio y ayudan a

evitar pisar siempre el mismo palito: los aprendizajes emocionales básicos que,

como el chupete, son difíciles de dejar de lado. También utilizo la palabra,

la poesía, los cuentos y las artes manuales. Las estrellas marcan el rumbo de

la vida y por eso también, en la consulta individual, utilizo algunas nociones de astrología.

Pero la herramienta más importante con la que cuento son los aceites esenciales:

esos mágicos seres que viven en las plantas y no se ven, sino que se perciben

mejor con los ojos cerrados, volátiles compañeros de ruta que enseñan nuevos caminos.
Cuando era niña mi madre, una gran mujer, me recitaba un poema de Rubén Darío,

donde una niña se lanzaba al cielo a cortar una estrella, como si fuera una flor.

Ese es el camino que propongo, y el que yo misma utilizo: un sendero entre las flores y

las estrellas por aires perfumados de salud y bienestar.

 

Ana Cejas